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NIÑOS ESTRESADOS



La palabra estrés generalmente está relacionada a los adultos, pero los niños también pueden ser víctima de él. Los niños pueden manifestar síntomas de estrés a partir de los 6 años cuando ingresan al colegio debido a que no logran adaptarse a este gran cambio en sus vidas.

El primer cambio de entorno que afronta un niño sucede al ingresar al jardín de infancia, este cambio no es muy radical por lo que son pocos los preescolares que sufren de estrés; luego al ingresar al colegio el cambio es mayor, las clases ya no son tan personalizadas, se tiene mayores responsabilidades, los padres esperan mucho más de sus hijos o son ellos mismos los que se auto exigen, entre otras cosas.

Muchos niños no pueden adaptarse y comienzan a generar estrés viéndose reflejado en su comportamiento y también en su bajo rendimiento escolar, por lo que muchos padres optan por actividades extracurriculares de refuerzo (clases de matemática, inglés, lenguaje, etc) que generan mayor presión en el niño e iniciando un círculo vicioso.

 

CAUSAS DE ESTRES EN NIÑOS

 

Las causas que lo pueden generar son eventos que generan angustia en el niño al no poder afrontarlo o también porque el niño se auto exige demasiado al:

  • Cumplir con las tareas
  • Sacar buenas notas para no defraudar a sus padres
  • La tensión de la semana de exámenes
  • Presión para seguir el ritmo de estudios del aula
  • Tener padres que exigen mucho a sus hijos, que siempre quieren que sean los primeros de la clase.
  • Cambio en la vida del niño: muerte de algún familiar o mascota, mudanza, divorcio de los padres, etc.

Algunos niños tienen bajo rendimiento escolar debido a problemas de comprensión, agotamiento por un ambiente familiar negativo o demasiadas actividades extracurriculares.

 

SINTOMAS DE ESTRES EN NIÑOS:

  • Molestias: estomacales, dolor de cabeza
  • Problemas para dormir: insomnio, pesadillas
  • Disminución del apetito, cambios de hábitos alimenticios
  • Ansiedad, preocupaciones, miedos
  • Comportamiento agresivo, comportamiento regresivo
  • Cambios bruscos de estados de ánimo
  • Tristeza
  • Miedos nuevos o recurrentes
  • Bajo rendimiento escolar

Si notas que tu hijo puede estar estresado, intenta hablar con él para que comparta contigo las cosas que le preocupan, si no tienes comunicación fluida con él, intenta hablar con sus compañeros o con su profesor. Para los niños sobrellevar solo el estrés es una tarea sumamente difícil, pero con ayuda podrá  superar el problema hasta más rápido que un adulto.

Las agendas diarias de ciertos niños dan escalofríos. Con las primeras luces del día salen de casa para coger un autobús soñoliento que les transporta al colegio. Allí cumplen un horario muchas veces intensivo, pero insuficiente: han de completar su formación con los deberes para hacer de vuelta a casa. Sin embargo, en el hogar les esperan las prisas para salir de nuevo a otro centro donde reciben clases de música, sin olvidarse de ponerse el chándal porque del conservatorio han de desplazarse a un campo de deportes donde quizá les aguarde un monitor exigente o unos compañeros dispuestos a quitarles el puesto en la alineación del domingo. Si ese día no toca asistir a clases de idiomas, tendrán tiempo para hacer la redacción de mañana, y cenar un bocadillo delante del videojuego, y robarle unas horas al sueño viendo un programa de la tele que se alarga hasta entrada la noche.  

Cuando hablamos de estrés, nos imaginamos a un ejecutivo con la jornada llena de compromisos, reuniones y viajes, o a un trabajador sometido al ´mobbing´ laboral, o también a un ama de casa con mil brazos que atienden simultáneamente al aspirador, a la cazuela y a la plancha. El estrés parece un trastorno exclusivo de adultos trajinados o cargados de problemas y de responsabilidades. Pero no sólo ellos lo padecen. También los niños son víctimas de eso que Hans Seyle llamó Síndrome General de Adaptación y que ya se conoce popularmente como estrés. La fatiga crónica, el exceso de nerviosismo, la falta de concentración, quizás algunos trastornos en el sueño o en el apetito indican que el niño no ha podido dar respuesta adecuada a la gran cantidad de estímulos y exigencias que se le imponen. Pero no parece que se le dé mucha importancia, puesto que los niños -se dice- son puro nervio y lo aguantan todo.  

Los psiquiatras han alertado de la creciente aparición de casos de estrés en edades tempranas. El acelerado ritmo de vida también ha llegado a los niños, tan sobreprotegidos hoy frente a otras asechanzas del exterior tales como las carencias materiales, la enfermedad meramente física, los peligros de la calle o los castigos corporales. Habría que pararse a pensar si en este doble y contradictorio juego de sobreprotecciones y exigencias no estamos engendrando víctimas. Unas víctimas que, por añadidura, carecen de capacidad para identificar las causas de su malestar y para manifestarlo antes de que vaya a mayores. 

Los estresores del niño no sólo provienen de la diabólica aceleración de los tiempos que corren; hay quien sostiene -sin pruebas fehacientes de ello- que justamente los niños de hoy no sólo son inmunes a lo vertiginoso, sino que han desarrollado habilidades especiales para moverse en ese medio como pez en el agua. Infinidad de estudios lo desmienten y han venido a demostrar que las tensiones de las primeras edades son de origen diverso. 

En muchos casos sus causas radican en la hipercompetitividad, inculcada por el medio social, por la escuela, la familia o el grupo. Por más que, en apariencia, la sociedad democrática tenga por bandera el principio de la igualdad y de los derechos de todos, en la práctica la realidad se empeña en derrumbar ese mito. Si no de forma expresa, tácitamente el niño padece continuas presiones para ser el primero, el mejor, el líder. Sea en el deporte, sea en la ostentación de bienes de consumo, sea incluso en los inocentes juegos de ordenador, los niños se enfrentan a todas horas al desafío del éxito y la depresión del fracaso.  

Separación y divorcio

Pero mayores efectos producen los ambientes familiares enrarecidos y los acontecimientos vitales traumáticos. Los psicólogos de la infancia coinciden en afirmar que la percepción de los padres respecto de las preocupaciones de los hijos es por regla general equivocada. Situaciones que a los adultos les parecen normales o insignificantes constituyen para el niño fuentes de temor o ansiedad, cuando no auténticos dramas. En su libro ´Kidstress´ (El estrés del niño), la psicóloga Georgia Witkin ha revelado que muchos de los padres que presumen de mantener una comunicación abierta y fluida con sus hijos ignoran totalmente las verdaderas preocupaciones de éstos. Ese supuesto diálogo no es sino un intercambio de informaciones superficiales que dispensa del descubrimiento del fondo. En un cuestionario entre 800 chicos y chicas de entre 8 y 12 años, Witkin descubrió, por ejemplo, que el miedo a la enfermedad o la muerte de los padres ha crecido considerablemente en las últimas décadas, o que las separaciones y divorcios, por amistosos que sean, siguen constituyendo una fuente de intensa desazón en los hijos.  

Cada niño -explica Witkin¯- habla su propio dialecto del estrés. Los padres y los profesores deben aprender a descifrar unos mensajes que no vienen codificados en palabras, sino a menudo en forma de actitudes, gestos o manifestaciones físicas (parpadeos, sudores, temblor de manos) que preludian trastornos más duraderos. Esos mensajes hablan de una tortura interior que el adulto encerrado en sus viejos esquemas no es capaz de percibir. Por eso es necesario aprender otras formas de receptividad distintas de las habituales para detectar esas señales de alarma.  

Evitar al niño situaciones estresantes no significa criarlo entre algodones. El estrés, como reacción de adaptación que es en el fondo, permite desarrollar mecanismos de defensa y modos de respuesta al peligro o a las dificultades. Pero también nos protegemos y protegemos a los otros creando hábitats más confortables y serenos. Si bien es difícil evitar ciertas tensiones de grupo, familiares o de pareja, más sencillo resulta simplificar hábitos (mantener apagado el televisor, retirar juguetes inservibles, dosificar el uso de artilugios electrónicos, hacer las comidas a una hora regular) en un mundo cada día más apresurado y más lleno de reclamos.  

Quizá sea tarde para muchos adultos que se han complicado la vida de tal forma que ya no pueden salir de su espiral. Pero siempre estamos a tiempo para no contagiar al niño las prisas, los temores, las insatisfacciones o las ansias de tener y de poder. Por desgracia, ya llegará el día en que otras circunstancias se los impongan. Entretanto, seamos conscientes de su fragilidad y ayudémosles a no quebrarse antes de tiempo.

 

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